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Una apertura inteligente necesita tiempo, tasa y tipo de cambio

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Hubo una época en la que abrir la economía era casi un acto de fe. Bastaba con bajar aranceles y esperar que el mundo hiciera el resto. Hoy esa mirada quedó vieja. La evidencia internacional —de Europa a Asia, de Australia a Vietnam— muestra algo mucho más sofisticado: abrirse no es suficiente; hay que hacerlo bien.

Y hacerlo bien implica entender que una apertura inteligente no descansa en una sola variable. Descansa en un equilibrio fino, casi quirúrgico, de factores. Tradicionalmente, ese equilibrio se resume en la Triple T:

  • Tiempo
  • Tasa de interés
  • Tipo de cambio

Pero el mundo actual obliga a ampliar el marco. A esa tríada hay que sumarle una dimensión muchas veces subestimada, pero decisiva:

  • Taxes (tributos)
  • Tariffs (aranceles)

Porque en la práctica, la competitividad no se define solo en la fábrica. Se define en el sistema. Una apertura siempre tendrá impacto en empleo, aunque puede buscarse que sea el menor posible, con red de contención y empuje de sectores donde pueda reubicarse.
Algunos países decidieron por un importante fondo de desempleo.

La diferencia entre abrir y abrir bien

La historia económica es clara: las aperturas exitosas nunca fueron impulsivas. Fueron graduales, coordinadas y estratégicas. Europa tardó más de una década en desarmar barreras internas. Corea del Sur protegió sectores mientras construía campeones globales. Australia combinó apertura con reformas de productividad.

Ninguno de estos casos se limitó a bajar aranceles. Todos entendieron que la apertura es un proceso integral. Tal como se señala en La apertura de la Triple T, “las aperturas exitosas no fueron simples reducciones de aranceles, sino procesos estratégicos compatibles con variables clave” .

El problema no es abrir. El problema es en qué condiciones se abre.

La primera T: el tiempo

No hay reconversión industrial instantánea. No existe la transformación productiva en seis meses. El tiempo es el factor que separa la adaptación de la destrucción. Cuando una economía se abre demasiado rápido:

  • las empresas no alcanzan a invertir,
  • no pueden incorporar tecnología,
  • ni desarrollar escala.

El resultado no es eficiencia: es desaparición. Las economías inteligentes administran el tiempo. Usan cronogramas, cláusulas de salvaguarda, períodos de transición. Entienden que competir globalmente es un proceso, no un decreto.

La segunda T: la tasa de interés

Pocas variables son tan determinantes como el costo del dinero. Abrir la economía con tasas altas es, en términos prácticos, invitar a competir en desigualdad:

  • empresas locales financiándose al 40% o más,
  • competidores internacionales al 3% o 5%.

En ese contexto:

  • la inversión se frena,
  • la innovación se posterga,
  • y la producción pierde frente a la especulación financiera

La apertura sin crédito competitivo no genera exportadores. Genera importadores. Necesitamos más de los dos.

La tercera T: el tipo de cambio

El tipo de cambio define el terreno de juego. No solamente Cavallo sugiere un tipo de cambio al menos que no se atrase -inflación al 3% mensual y el TC bajando-.

Cuando está atrasado

  • importar se vuelve barato,
  • producir se vuelve caro,
  • exportar se vuelve inviable. Aunque los números ayudan al gobierno porque las
  • exportaciones vienen en alza y batiendo récords.

Las experiencias exitosas nunca convivieron con monedas artificialmente apreciadas. Corea, China o incluso Australia, cada uno a su manera, cuidaron esta variable como un activo estratégico.

La cuarta dimensión: taxes y tariffs

Aquí aparece el punto que muchas veces queda fuera del debate: los tributos y los aranceles también son parte central de la ecuación.

Son la herramienta más visible de la apertura. Pero reducirlos sin estrategia puede:

  • desproteger sectores incipientes,
  • acelerar la sustitución productiva,
  • generar dependencia externa.

Ahora bien, mantenerlos altos tampoco garantiza competitividad.
La evidencia regional muestra que aranceles elevados no necesariamente crean industrias eficientes. Argentina los bajó de 16% a 12,5%, aun es nivel alto, el problema actual viene más por vía tipo de cambio y el gran nivel de cierre de la economía que existía.

El otro gran tema son los impuestos (taxes). Este es el gran “costo oculto” de muchas economías. Una empresa no compite solo con aranceles. Compite con:

  • presión fiscal,
  • impuestos en cascada,
  • costos regulatorios,
  • logística encarecida por tributos indirectos.

Podés tener:

  • buen tipo de cambio,
  • tasas razonables,
  • apertura gradual

Pero si el sistema tributario asfixia, la competitividad desaparece igual. Acá Ingresos Brutos es uno de los más cuestionados. Aunque hay países con más presión fiscal y competitivos, el tema es cómo gasta e invierte ese dinero recaudado el Estado.

La apertura en el mundo real (no en los manuales)
Hoy el mundo está lejos del ideal de libre comercio puro:

  • Estados Unidos subsidia industrias estratégicas
  • Europa protege sectores sensibles
  • China planifica e interviene activamente

La discusión global ya no es “abrir o cerrar”.
Es cómo insertarse inteligentemente en las cadenas globales de valor.

Vietnam lo entendió. Chile lo ejecutó con otra lógica. Corea lo perfeccionó.

El desafío argentino

Argentina suele moverse en extremos: o se cierra completamente, o se abre sin red.

Una apertura inteligente no es un acto. Es un sistema.

Un sistema donde:

  • el tiempo permite adaptarse,
  • la tasa permite invertir,
  • el tipo de cambio permite competir,
  • los taxes no asfixian,
  • y los tariffs acompañan estratégicamente.

Porque la historia es contundente: Destruir industria lleva meses.
Construir competitividad lleva décadas. Y la diferencia entre una y otra no está en
abrirse, está en cómo, cuándo y con qué condiciones hacerlo.

El autor es Especialista en Comercio Internacional y Magíster en Administración Tributaria y Hacienda Pública, con sólida formación académica y amplia experiencia en comercio exterior y políticas aduaneras. Se desempeña como docente universitario en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y en la Universidad Católica de Córdoba (UCC), donde dicta asignaturas vinculadas al comercio internacional y la facilitación del comercio. Asimismo, es experto acreditado de la Organización Mundial de Aduanas (OMA) y especialista en facilitación del comercio.

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